Aníbal Blázquez II / Ipe
Felipe Robledo, “Ipe” para los allegados, era un tipo serio. Tenia una seriedad de atención, no tanto de distancia. Si Ipe te miraba, empezabas a buscar respuestas casi sin pestañar, sabia movilizarte con su mirada. Una característica extra para un buen orador.
Tenia una coupe Ford modelo 54, su pie al chocar contra los adoquines sonoba como a mil pies. El traje perfecto para la ocasión, con una corbata que se permitía más informal. Escarbadientes en la boca, eso es lo que acercaba al “pueblo” decía.
Felipe Robledo era el Secretario Regional, Zona La Matanza, del Sindicato de Obreros Metalúrgicos, Ipe era pesado. Pero también muy justo. Era tan pesado como justo.
Anibal Vlazquez conoció a Ipe en Remedios de Escalada, en oportunidad de una Convención de Siderurgia, les toco sentarse al lado en el jurado evaluador.
Surfabado II
Me subo al auto, saludo cordial al complice y el stereo hace su premonición: El matador. Crick, Crick, Crick… se queja el Bic y al sonido lo acompaña un amigable silvido.
Por Zapiola hasta Alsina y de ahí hasta el fondo donde comienza la subida. El destino tiene un cartel de electrodomésticos en en el frente.
El humo que se pega y el alcohol del lugar se amalgamaron acordemente para la envidia de unos pocos y la viruela descalificadora de la mayoría. El Barman sabe, pero no opina. Es bueno en lo que hace. Las luces y sus tics nos impiden ver la cara de las tetas que saludan.
Crick, Crick, Crick redobla su queja el Bic. El auto nos lleva a un lugar bravo. La tristeza es mala compañera, la soledad lo dejó tembloroso como un extra en su primer bolo.
En el cenit de la masturbación nos presentamos a la barra. Había ya 125 razones que explicaban la energía en el ambiente. Fotos, despedida, un muerto en un sillón y ya está todo dicho.
Surfabado
Zapatillas rojas, Jeans, remera, campera con capucha y arriba un saco de corderoy. Previo pit stop en la pensión de Morena y ahora si, a caminar las 16 cuadras y soportar los 2º bajo cero que me distancian de un par de fernets.
MGMT, Time to pretend, me parece la mejor elección en el mp3, me da un poco de gracia el título. El tema suena fuerte, lindo, si presto atención escucho voces detrás de la grabación, por eso me di vuelta tres veces en la primera cuadra.
Giro por Zapiola, derecho unas diéz. Imito mi manera de caminar cuando me cruzo con tres pibas, una con pollera corta. – Qué frío. Prendo el primero de 5 puchos que voy a fumar en el recorrido. Dudo por primera vez el camino.
En Zapiola y Paraguay espero el semaforo. Una y media de la mañana, en una esquina poco transitada, igual a mi me parece prudente esperar el semaforo. Gritos y un auto lleno de pibes, como extraño a mis amigos la puta madre. Pienso que los quiero mucho y ellos a mi, se me cae una lagrima, más tarde me jurare que fue por la fría brisa. -Estoy yendo bien por aca…
Empiezo otro viaje en el viaje, una suerte de subtitulo. Me acuerdo del Capitan y de que un día hablabamos del Budismo. Pienso como un tipo Gordo y pelado le puede dar consejos a alguin sobre autocontrol. Es que no me cierra vió.
Doblo por Roca, veo el Hospital, pienso en la luz que dicen ver los moribundos, en ese momento un sensor de movimiento me detecta y prende con toda su maldad un reflector que bien podría ocupar un lugar en la cancha de algún club. Me toco los huevos, que cagaso, la puta madre. En frente dos viejas ven el espectáculo.
Llego a destino, subo al ascensor, mi amigo dice: – Estaba durmiendo y me desperto recién la alarma. Respondo: -¿Hubo un incendio?
Colo+Fran+Luna+1998
Corro a abrir el portón, la casa tiene portero pero nunca anduvo. Ella me recibe de espaldas, como si no estuviese ansiosa por verme. Nos saludamos como cuando nos encontramos en la puerta del colegio, un poco frio, un poco caliente, a la mitad pero no tanto.
Sorteamos el patio, las luces estan apagadas, creo que en mi delirio adolescente pense que si no se veía no nos verían -igual que los nenes al taparse los ojos-. Abro la puerta y la dejo pasar. Ya estamos adentro.
Creyendo que serviría de algo deje los calefactores a toda potencia, hacia calor pese a la época del año. Nos sentamos en la mesa, respetamos los lugares que usabamos para estudiar. Charlamos y bebimos. A medida que la botella se vaciaba se llenaban nuestras bocas de deseo. Ese instante en el que está todo dicho pero no lo está, esa mitad pero no tanto.
Cuando vuelve del baño va hacia la ventana en la cocina, la luz de la luna ganaba brillo gracias a las luces apagadas, ese destello besaba su figura adolscente, de niña y mujer. De espaldas se quito la pollera primero y la camisa después. De espaldas me invitó, me convido de su cuerpo. De frente y mirandome a los ojos, me regalo su amor.
Julia
Los sábados a la tarde, tipo 5, me gusta ir al bar de Héctor. No es que sirvan el mejor crudo y queso, tampoco es la atención, ni tanto pretenden que su café sepa a Salveron. Me gusta ir porque me encuentro con Diego (o eso es lo que me digo cuando estoy yendo). Diego es uno de esos tipos a los que le gusta hablar de las cosas de la vida, muy profundo pero sin pretensiones. Lo que más me gusta de su companía es que nunca se mete en la verdadera razón de porqué vamos siempre al bar de Héctor los sábados a la tarde.
El fin de semana pasado, después de cerrar el negocio, me fui como de costumbre a encontrarme con Diego. -¿Qué haces Héctor? ¿encontraste la moneda? . “Eletor”, como le dice su cajera y esposa, tiene un problema lumbar que se le fue agravando con el trabajo, nunca dejo de atender las mesas y después de 35 años trabajando 12 horas parado, seis días a la semana es normal su curvatura. Siempre le hago el mismo chiste, cada sábado y el todas las veces me responde lo mismo: -Conchatumadre… Creo que es el momento en que Héctor y yo renovamos la confianza pérdida después de una semana.
Estuve un tiempo esperando, y como a las 7 llega Diego. Estaba tranquilo, se sentó y dijo, mirandome fijamente a los ojos: -¿Cómo estas?. Le conteste que estaba bien mientras bajaba la vista al diario. Pidió un doble cargado y comenzamos a charlar. Habían pasado ya unas horas y de manera repentina y sin que el hilo de la conversación lo ameritara, pregunta: -¿La extrañas? . -Muchismo (mientras bajaba una lagrima de la vista). -¿Porque no probás otra cosa, sabes que es algo del pasado?. Lo mire con sorna, di vuelta la pagina del diario, y le digo: – ¿Te acordas de aquel libro que habla sobre los conceptos que te comente el otro dia? Bueno, estuve pensando y llegue a un conclusión, por lo menos difícil. Me di cuenta que cada vez que pienso en la palabra Rosal, me imagino el mismo rosal todas las veces. Diego, que estaba mirando por la ventana como un pibe destrozaba una pulpo contra un portón, me mira, se rie y me dice: -¿Que mierda tiene que ver un Rosal con Julia Tomás?, dejate de joder querés, que la única razón de que estemos en este lugar es porque aca la conociste. No me vengas con vueltas ni disquisiciones sobre la mortalidad de los mosquitos, que nos conocemos mucho. Hace 6 años que Julia te dejo y hace 5 que vive en Madrid. Sería hora ya que te saques el traje de luto y te pongas a buscar una mina que te quiera viejo.
Pasaron 10 o 15 minutos aproximadamente, Diego amagó para irse dos o tres veces, yo no lo deje. Me mira y me dice, con tono ameno: -¿Que querías decir con eso del libro?. Cierro el diario y pienso, lo miro:- Que en ese libro hablan de las representaciones que cada uno hacemos de los conceptos. por ejemplo, si yo pienso en un perro, cierro lo ojos y la imágen que veo es siempre la del mismo perro, el sultan que tuve de chico. Diego interrumpe: -Ok, pero, ¿a donde querés llegar con todo esto?. -Si me interrumpis así no voy a llegar nunca. Lo que a mi me pasa es que cada vez que pienso en el concepto “amor” la imagen en mi cabeza es la de Julia sonriendo. -¿Como estás Tomás?. -Cagado.
El Capitán
Esta es la historia de cómo se originó su apodo. Esta es la breve anecdota no autorizada del surgimiento del Capitan Zucking Chaicon:
Su nuevo nombre viene de una heroica gesta. Parece ser que, cerca de una navidad, nuestro personaje se encontraba en las proximidades de una iglesia. No sabemos bien qué paso (nunca nos contó realmente) o qué lo desato, pero del pesebre viviente que había en la parroquia comenzó a salir un olor hediondo, repugnante, parecía pescado podrido, como si el mismiso Lucifer se hubiera desgraciado luego de haberle entrado a una grande de anchoas y queso.
A nuestro amigo le tomo unos minutos darse cuenta de porque la gente ponía cara de asco, digamos…… unos 55. Inmovil y con cara de perro gay, nuestro personaje resuelve ser leyenda. El ahora Capitán actuó de manera heroica, con estirpe ninja baldeo la zona, es más si hacia falta hasta escupía, todo para disminuir ese malefico aroma. Finalmente pudo zanjar el inconveniente, y generar algo de placer en el ambiente.
El Capitán es un tipo entrañable y además es mi amigo.
Clementín
Nervioso busco la libreta en el morral (tendría que ordenarlo). Es mi último final. Siempre saludo cuando entro a un exámen, rara vez me devuelven la cortesía. No es que sean maleducados, me da la sensación de que: o estan cansados de escuchar 100 veces lo mismo o que el tratar de shut my upite me lleva toda la energía, incluso la que uso para saludar.
Nervioso imito el movimiento de buscar algo en el morral (tendría que ordenarlo). Cruce miradas con ella, me descubrió teniendo una conversación secreta con sus tobillos (hermosos, estoy seguro que es la parte mas sensual y descriptiva de una mujer). Estaban a punto de aceptar una invitación al cine. Sonríe y mira para abajo como buscando algo en el piso impoluto de la facultad.
Nervioso busco rapido los cigarrillos en el morral (tendría que ordenarlo). -tienes un cigarrillo para clovidarse? me pregunto su sonrisa, y digo “su” porque es imposible adjetivarla, única, no había visto nada igual. Se llama Clementín, estudiante de intercambio francesa. Tiene puesto “el” vestido que uso Dominique Swain en Lolita.
Nervioso corro el morral al costado. Le brindo el atado, queda sólo uno. No pareció importarle demasiado. -Tenés fuego? pregunto tibiamente, más como un asistente competente que como un gallardo pretendiente. - No, gracias, tengo y quien hasta ese momento era la persona más delicada, sofisticada, sensual e idílica que había visto en mucho tiempo saca, del diminuto bolsito de mano que sostiene, una caja grande de fosforos Patito. Increíble dicotomía, a la merde sus tobillos y la delicadeza.
Nervioso busco el celular en el morral (seguro que nunca lo voy a ordenar, aceptenlo). – Me recibi ma!!. Alegría, un poco de vacio. Adiós Clementín.
“DANY”
Buenos días, buenas tardes o buenas noches según corresponda. Buenas a secas si mi humor se ha ido ese día. El reponde también…según la altura del sol. “Qué le hacemos?” pregunta, la respuesta es la misma, me estoy quedando inexorablemente calvo, “cortito, como simpre” murmuro, como desde hace un lustro. “Lo lavamos?”, “no, recién me baño” o si tengo ganas de sentir un masajito: “bueno, me vendría bien”. Por los proximos 25 minutos no habrá conversación alguna.
El hace el antaño famoso “Corte con Navaja” que cuesta $3 más que el común. A mi me pasa la maquina, ese corte sale $15. Escucho su voz por encima del periodista de Cronica TV (“es mi contacto con el mundo” me dijo una vez antes de las fiestas, seguro que estaba contento) me dice en tono complice: “Te lo emparejo con la navaja, queda mas fino” (¿fino? a que se refiere). Asiento con la cabeza. De una frase me saca $3.
Antes de terminar y en silencio gira la silla, me mira, yo de costado, lo veo por el espejo y de nuevo murmuro: “cortito, bien.” Sonríe me mira y me dice: “20 años menos”.
Aníbal Blázquez
Qué sucede cuando estamos mirando el ombligo? Qué cosas nos magnifican realmente? Qué es real y que no, qué es y qué no es. Preguntas frecuentes de un pastor de cabras, de un cobrador de gas, de un niño jugando con plasitilina. Eso es lo que vamos a tratar de descubrir. Esta historia es igual a otras.Aníbal Blázquez (las dos veces con z, repetido incesantemente), obrero metalúrgico, era un hijo de puta, todavía no lo sabía.Se despertó un tanto mareado, la noche anterior había asistido a una reunión del Sindicato de Obreros Metalúrgicos, alcohol y otras yerbas habían actuado de vinagreta en esa ensalada polirubrica. Se miró al espejo y preparo mate (nunca se había lavado los dientes antes de tomar mate), se quemo con la primer cebada, puteo a su mujer (Herminia!!! La concha de tu madre!!!). Salió al patio, se sentó debajo de la parra y comenzó a leer el diario que su mujer le alcanzó. Herminia no habla casi nunca. Aníbal comienza a leer el diario siempre por la parte de atrás, él dice que le gustan los chistes de la contratapa, que lo hacen comenzar bien el día, pero hasta el pibe que reparte facturas en la fabrica sabe que lo que encloquece a Aníbal son los burros. Tenía un dolor de cabeza insoportable, miró a su mujer y le hizo un gesto, un ademán propio de él, Herminia le alcanzó un analgésico, lo tomó y resolvió recostarse sobre la silla llevando los pies a la mesa. Cerró los ojos y comenzó a rememorar la noche anterior. Se decía a sí mismo, una y mil veces que Robledo era en realidad un buen tipo y que había que seguirlo, sus técnicas eran un tanto absurdas y grotescas pero necesarias para el puesto que ocupaba. Pensaba siempre en eso, era algo que lo perturbaba demasiado. Continuará…