Percontāri
¿Cuál es el origen de la participación? ¿Qué le sucede a alguien en sus sentimientos y apreciaciones para que decida meterse en la tensión? ¿Por qué decide pasar a la acción, por qué ya no le da lo mismo, por qué elige interpelar a la realidad como un protagonista?
Ensayemos una respuesta, que más que responder espero que dispare algunas nuevas.
Sabido es que las pujas que han hecho la realidad cotidiana más vivible se produjeron de abajo hacia arriba, de la base al vértice más alto, de los oprimidos a los opresores, de los obreros a los dueños de los medios de producción, de los siervos o plebe a los señores feudales, de los esclavos a los amos. En todas estas circunstancias, y se pueden pensar muchos ejemplos históricos, lo que no tenían aquellos que se encontraban en desventaja era el uso de la palabra. Palabra, entendida como los hacían los filósofos clásicos prehelénicos, el poder decir implicaba la existencia misma. Aquel que podía usar la palabra, era quien había aprehendido las ideas y estaba en condiciones de ponerlas en conceptos.
Esa conciencia de ser es lo que cambia el juego macabro del yugo. En la medida en que comienzo a sentirme más conciente de mi mismo y de la realidad, más me provoca el axioma dominante. Axioma que, en todas las etapas de la historia de la humanidad, trasunta cada una de las actividades de una comunidad.
Así entonces, por tomar un ejemplo claro, los siervos estaban enredados en el axioma:
“El señor feudal es amo y señor de las tierras donde vivo. Debo obedecerle porque es él, a través de la seguridad que me brinda, quién me permite vivir”.
Lo que sucede en todos los casos, es un cambio interno, muy profundo. Un cambio que molesta, que incomoda, tan necesario como inevitable. El axioma se convierte en pregunta, aquella proposición axiomática se convierte en un interrogante, en una pregunta cuya respuesta implica la movilización, entonces:
“¿El señor feudal es amo y señor de las tierras donde vivo? ¿Debo obedecerle porque es él, a través de la seguridad que me brinda, quién me permite vivir?”.
En ese traspaso de axioma a interrogante es donde el individuo se reconoce como tal y comienza a cuestionar lo que hasta ese momento era verdad revelada. El control y la asistencia social harán lo propio para diluir este tipo de espasmo social.
¿Vos te hiciste la pregunta?
Aníbal Blázquez II / Ipe
Felipe Robledo, “Ipe” para los allegados, era un tipo serio. Tenia una seriedad de atención, no tanto de distancia. Si Ipe te miraba, empezabas a buscar respuestas casi sin pestañar, sabia movilizarte con su mirada. Una característica extra para un buen orador.
Tenia una coupe Ford modelo 54, su pie al chocar contra los adoquines sonoba como a mil pies. El traje perfecto para la ocasión, con una corbata que se permitía más informal. Escarbadientes en la boca, eso es lo que acercaba al “pueblo” decía.
Felipe Robledo era el Secretario Regional, Zona La Matanza, del Sindicato de Obreros Metalúrgicos, Ipe era pesado. Pero también muy justo. Era tan pesado como justo.
Anibal Vlazquez conoció a Ipe en Remedios de Escalada, en oportunidad de una Convención de Siderurgia, les toco sentarse al lado en el jurado evaluador.